La UNAM: un refugio para los agresores y un laberinto para las víctimas
La violencia de género es un flagelo que socava la integridad y la dignidad de las víctimas, y cuando se produce en un entorno académico, como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el impacto es aún más profundo. En los últimos seis años y medio, se han presentado 829 denuncias por violencia de género ejercida por profesores de la UNAM, un número que refleja la magnitud del problema y la falta de acción efectiva por parte de las autoridades universitarias. De estas denuncias, solo 171 han terminado en el despido del profesor agresor, lo que significa que dos de cada 10 denuncias no han tenido consecuencias significativas para los responsables.
La falta de acción contundente por parte de la UNAM es particularmente preocupante, ya que sugiere que la institución no está dispuesta a tomar medidas firmes para proteger a sus estudiantes y personal de la violencia de género. En lugar de aplicar sanciones severas a los agresores, la universidad parece preferir aplicar sanciones menores o simplemente no resolver los casos, lo que puede tener un efecto intimidatorio en las víctimas y desalentar a otras a denunciar. Esto no solo perpetúa un ambiente de impunidad, sino que también mina la confianza en la institución y su capacidad para garantizar un entorno seguro y respetuoso para todos. Los datos concretos sobre el número de denuncias y los resultados de estas denuncias deberían servir como un llamado a la acción para que la UNAM revise sus políticas y procedimientos para abordar la violencia de género.
La impunidad como política: ¿qué está detrás de la falta de acción de la UNAM?
La lentitud y la ineficacia de la UNAM para abordar la violencia de género ejercida por sus profesores no solo son un reflejo de la debilidad institucional, sino también de una cultura que prioriza la protección de los agresores sobre la seguridad y el bienestar de las víctimas. Este enfoque no solo es moralmente cuestionable, sino que también tiene consecuencias prácticas graves, como el desaliento de las denuncias y la perpetuación de un ambiente de miedo y silencio. Es hora de que la UNAM asuma su responsabilidad y tome medidas decisivas para combatir la violencia de género en sus campus, garantizando un entorno seguro y respetuoso para todos. Los estudiantes, el personal y la sociedad en general deben exigir cambios significativos en la forma en que se aborda este problema, para que la UNAM se convierta en un lugar donde la violencia de género no tenga cabida.
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